En una empresa noruega, toda pregunta sobre dinero tenía el mismo destino: el teléfono del consultor financiero. Era él quien sabía cuánto había en caja — y cuando llegaba el apuro, llegaba sin avisar.
Uno de nosotros implantó Beavy CashFlow. Tres meses después, el CEO ya no llamaba: veía el saldo por sí mismo, sabía en qué semana se apretaría la caja y renegociaba con el mayor proveedor antes del apuro — no durante. La empresa contrató a un gerente financiero local y prescindió de la consultoría mensual.